El primer día que se presentó a nuestra clase, dio la casualidad que la maestra llegó tarde. No habían pasado cinco minutos y ya nos habíamos desafiado a muerte. Tomando a nuestros compañeros como jueces, comenzamos una competencia regida por las siguientes reglas:
- El público iba a decidir qué tipos de chistes contaríamos alternadamente.
- Se perdía un punto cada vez que a uno no se le ocurría un chiste. Se daba medio minuto para pensarlo.
- Si se sabía el chiste del otro ganaba un punto, pero si se equivocaba en la respuesta lo perdía. Al no saber la respuesta, tenía que decir, obligatoriamente, “no sé”.
- El puntaje era acumulativo, y al final del curso se sabría el ganador.
Recuerdo que a esa hora los muchachos empezaron a gritar: “¡Que se hagan preguntas! ¡Que se hagan preguntas!”. Y así empezó la batalla.
Nos paramos frente a la clase y él, tomando aire con cierta arrogancia, me desafió:
- ¿Comenzamos con los ”cuáles”?
- Como tú quieras –respondí contento. Ese campo era uno de mis fuertes. Y provocándolo, continué -. Dale tú primero, si puedes.
- Está bien – contestó. Y después de unos segundos me lanzó la pregunta-. ¿Cuál es el lago más dulce del mundo?
- No sé.
- ¡LAGO LOSINA! – dijo, y todos rieron.
- ¿Cuál es el helado más duro? – seguí yo.
- No sé.
- ¡EL-ADO QUÍN! – casi grité, y todos soltaron la carcajada.
- ¡Y cuál es el animal al que hay que divertir para que no cambie de sexo? – continuó él entre risas.
- No sé.
- ¡EL BURRO... PARA QUE NO SE-A-BURRA!
- Está bien – opiné yo -. ¿Y cuál es el pez que usa corbata?
- No sé.
- ¡EL PES-CUEZO!
- Si sabes tanto de peces – saltó -, entonces dime: ¿cuál es el pez más seguro?
- No sé.
- ¡EL PES-TILLO!
- Sigo con los peces – respondí-. ¿Cuál es el pez que llega último?
- No sé.
- ¡EL DEL-FÍN!
- Si estamos en el mar – se justificó al no recordar más de peces -. ¿Entonces sabrás cuál es el mar más duro?
- No sé.
- ¡EL MÁR-MOL!
- Ya que andamos en el mar – le seguí la corriente -. ¿Cuál es el mar que golpea más fuerte?
- No sé.
- ¡EL MAR-TILLO!
- Bien – dijo él pensando un poco, pero sin llegar al medio minuto – .Vamos de nuevo con los animales... ¿Cuál es la mejor manera de llamar a un león furioso y hambriento?
- No sé.
- ¡DESDE MUY LEJOS!
- ¿Y cuál es el trabajo que se hace con mejor humor? – le respondí.
- ¡Pero ese no es de animales! – me señaló.
- No importa. Dale, ¿cuál es el trabajo que se hace con mejor humor?
- No sé.
- ¡SER BARRENDERO... PORQUE SE HACE BA-RRIENDO!
- Entonces yo también voy a dejar a los animales – explicó, y sacando pecho me lanzó otra pregunta-. ¿Cuál es más grande: la luna o el sol?
- No sé.
- ¡LA LUNA... PORQUE LA DEJAN SALIR DE NOCHE!
- Está bien. Y... y...
Estaba atorado. No se me ocurría otro “cuál”. Los niños después de reír a moco tendido, gritaban dándome ánimos. Él contaba los segundos que faltaban hasta que exclamó:
- ¡Perdiste!
- ¡Sí, pero no paremos por eso! – me defendí medio nervioso y medio molesto -. Vamos a continuar con los “qué”.
- Ah, quieres seguir perdiendo. Bueno, ahí voy... Dime: ¿qué tienen los hipopótamos que no tienen los otros animales?
- No sé.
- ¡HIPOPOTAMITOS!
- Ya – acepté concentrándome-. A ver, ¿qué es un lóbulo?
- No sé.
- ¡UN ANIMÁLULO FERÓZULO QUE SE COMIÓ A CAPERUCÍTALA!
- Está bien... – admitió, pero sin perder su seguridad -. ¿Qué es lo mejor que tienen los números?
- No sé.
- ¡QUE SIEMPRE SE PUEDE CONTAR CON ELLOS!
- Y puedes decirme – lo reté -: ¿qué hace un sapo cuando sale del jardín?
- No sé.
- ¡PASA A PRIMERO!
- Y, ¿qué pasa… – me preguntó con lentitud, saboreando aquello-, si un elefante se para en una pata?
- No sé.
- ¡SE QUEDA EL PATO VIUDO!
- ¿Y tú sabes qué hora es cuando las campanas de un reloj suenan trece veces? –chillé exagerando mi firmeza y supuesto dominio. Eso lo distrajo un poco.
- Repíteme la pregunta por favor – contestó medio perdido.
- ¿Qué si sabes qué hora es cuando las campanas de un reloj suenan trece veces?
- No lo sé.
- ¡ES HORA DE ARREGLARLO!
- …Este… y qué… la…
Se puso nervioso y no se le ocurría nada. Una sensación de impotencia y frustración lo invadía. El tiempo pasó.
- ¡Empaté! ¡Empaté! ¡Estamos iguales a uno! – grité, levantando los brazos.
Sí - replicó -. Pero hay que continuar.
- ¿Por qué?
- Porque tú hiciste lo mismo cuando perdiste con los “cuáles” - argumentó-. Y vamos a seguir con eso que acabas de decir: con los “por qué”.
- Está bien. Comienzo yo... ¿Por qué no estudian las tortugas?
- No sé.
- ¡PORQUE NO PUEDEN SEGUIR UNA CARRERA!
- ¿Y por qué los pájaros vuelan hacia el sur? – me devolvió rápido.
- No sé.
- ¡PORQUE CAMINANDO TARDARÍAN MUCHO!
- ¿Por qué el libro de matemáticas se suicidó? – exclamé, pavoneándome ante el auditorio.
- No sé.
- ¡PORQUE TENÍA MUCHOS PROBLEMAS!
- ¡Oye! ¡Oye! – me llamó la atención, al verme distraído saludando a nuestros compañeros-. Dime, ¿por qué ponen rejas alrededor de los cementerios?
- No sé.
- ¡PORQUE LA GENTE SE MUERE POR ENTRAR!
- ¿Y por qué...? – le iba a preguntar algo cómico sobre un fantasma, cuando se me puso la mente en blanco. Perdí la concentración. No se lo deseo a nadie. Eso a mí me deprime. Me sentí derrotado...
- ¡Estoy arriba! ¡Estoy arriba! – gritaba de nuevo el muy...
- Fue porque me distraje – contesté -. Vamos, seguimos con los “cómo”...
- Pero...
- ¡Pero nada! – le interrumpí algo enojado -. A ver, ¿cómo se visten los esquimales?
- No sé.
- ¡MUY RÁPIDO!
- Está bien, estamos con los “cómos”... – y habló sin mucha convicción, como si los “cómos” no fueran su fuerte. Eso me dio esperanzas- ...¿Cómo se abrazan los puercoespines?
- No sé.
- ¡CON MUCHO CUIDADO!
- ¿Y cómo se hace la leche en polvo? – ataqué con más valentía.
- No sé.
- ¡RALLANDO UNA VACA LECHERA!
- Y...y... – sudaba. Ya lo tenía casi en mis manos, pero continuó -. ¿Cómo hace un sapo para bucear?
- No sé.
- ¡SE PONE LAS PATAS DE RANA!
- Bien, ¿cómo haces para dejar a un tonto intrigado? – dije, volviendo a disfrutar como hacía un rato.
- No sé.
- ¡EN OTRO MOMENTO TE LO CUENTO!
- Ah... me tiraste fuerte – saltó evidenciando tener los nervios de punta -. Pues...
Y el reloj avanzaba. Hasta que por fin logré la victoria. Es decir, hasta que empaté, porque la competencia estaba dos a uno en mi contra.
Los muchachos gritaban y aplaudían cuando llegó la maestra. Le explicamos a ella lo que estaba sucediendo, y le encantó la idea. Dijo que hasta programaría competencias para los ratos libres. Es la mejor maestra que hemos tenido. Una de las pocas excepciones de gente con sentido del humor en Villarrisa. Debo decir que con ella sacamos las mejores notas. Imagínate que sus clases eran las más amenas del colegio. Todo lo enseñaba con juegos y con humor. ¡Ojalá todos los profesores fueran así!
Pero no me voy a alejar del tema. Ese empate en la competencia, nos incitó a luchar aún más por la hegemonía en el colegio. Siempre supimos que los niños con personalidad, ingenio, con imaginación y, sobre todo, con gran sentido del humor, son los líderes de cualquier grupo. Por tanto, teníamos que dejar bien clara nuestra posición. Más aún, cuando nuestra contienda fue incentivada por algo que descubrimos allí, a solo unos metros de nosotros...
Juanito y yo nos dimos cuenta de que tanto Venus como su mejor amiga Gretel, estuvieron riendo desaforadamente durante el mano a mano, pero de una forma distinta a los demás. Sus expresiones también eran diferentes. Incluso después, mientras la maestra daba la clase, cuchicheaban entre ellas y nos lanzaban miradas mezcladas con sonrisitas bastante coquetas, la verdad.
Aquello nos puso muy contentos y orgullosos. Nunca habíamos sentido la necesidad de agradarle a una chica. Ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que podíamos atraerles, gustarles. Aunque daba un poco de miedo, era espectacular.
Por supuesto, no nos pusimos de acuerdo en cuál de las dos nos gustaba más, o quién podría ser el elegido de Gretel y quién el de Venus. Por tanto, esa situación, como decía hace un rato, también provocó una nueva rivalidad. Ahora teníamos que demostrar con mayor razón quién era el más chistoso. Otra vez algo nos unía y algo nos separaba.
A partir de ese momento en cualquier actividad en que estuviéramos los cuatro involucrados, Juanito y yo nos la ingeniábamos para desarrollar nuestra competencia y “destacarnos”, como decía él.
Por ejemplo, durante mucho tiempo, nos alternábamos en plenas clases para decir y hacer cosas cómicas.
Recuerdo que cuando Juanito llegaba tarde (como casi siempre), inventaba cuentos muy graciosos:
- Juanito – decía la maestra -, ¿por qué llegas tarde?
- Por el cartel – contestaba Juan.
- ¿Cartel? ¿Qué cartel? – preguntaba la maestra.
- Ese en la esquina que dice: “Despacio, colegio” – respondía Juanito – Y yo lo obedecí.
Eso hacía reír a los niños, sobre todo a Venus y a Gretel, por lo que él quedaba como rey. (Sentirse opacado es malo. Eso a mí me deprime. Por lo que me desvivía por contrarrestarlo).
Así, cuando la profe preguntaba cosas como:
- ¿Por qué el globo terráqueo no es redondo, sino algo achatado por los polos?
Yo respondía antes que cualquier otro:
- No sé, maestra. Creo que ya estaba así desde el año pasado.
Y volvía a ser yo el afortunado de ver a Venus y a Gretel reír y mirarme con admiración.
Otro día, era yo el que tomaba la iniciativa.
- Niños – preguntaba la maestra -, tres de ustedes me tienen que decir una oración con la palabra “estatua”.
- Yo fui a la plaza de armas y vi la estatua del Padre de la Patria. – respondió María Paz.
- Yo vi en una película la estatua de La Libertad en Estados Unidos – dijo Sebastián.
- Maestra – salté yo -, a mí me tocó ir el domingo a casa de mi abuela. Ella tropezó y se cayó... Todavía “estatua” adolorida.
Esos jueguitos de palabras le gustan a mis compañeros. Por supuesto, a Gretel y a Venus les encantan.
Claro, la felicidad dura poco. Juanito se encargaba de nivelar las acciones. Cuando la profe dijo:
- ¿Quién me dice ejemplos de onomatopeyas?
- Cuando llegué a casa el gato hizo miau, miau – dijo Carola.
- Bien – aprobó la maestra- Ese es un buen ejemplo de onomatopeya. A ver otro.
- Fui al canal y escuché a una rana decir: croac, croac – dijo Patricia.
- Correcto – volvió a asentir la maestra -. Esa es otra onomatopeya. ¿Quién me dice una más?
- ¡Yo! – gritó Juanito -. Iba por un callejón y me encontré con un camión de frente. Asustado dije: ¡Oh, no m´atopella!
De más está decir que rió toda la clase (incluyendo las dos niñas y la maestra), por lo que me hizo rabiar.
En otras oportunidades yo hacía preguntas que ya preparadas desde mi casa.
- Maestra, ¿el cielo padece de picazón?
- ¿Y esa pregunta, Pepito?
- Porque si no fuera así, ¿para qué sirven los rascacielos entonces?
De esa forma los hacía reír a todos fácilmente. Recuerdo que esa técnica de llevar preguntas sorprendió a Juanito. Tanto, que lo hizo cometer un error. Cuando la profe preguntó si a nosotros nos gustaban los animales, él contestó:
- ¡A mí me encantan los animales, maestra! El pollo asado, el pavo relleno, el chancho frito, el pescado al horno...
Recuerdo que la maestra nos llamó aparte y quiso saber por qué estábamos tan chistosos últimamente. Le contamos la verdad. Y nos dijo:
- Me parece bien que estén en plan de conquista. Me gusta que quieran competir con sus chistes. Pero creo que se les va la mano en la frecuencia y están interrumpiendo la clase.
- Disculpe, maestra – dijimos a coro.
- Está bien. Les propongo lo siguiente: cuando crea que es apropiado una gracia, les haré una señal.
- Es decir - pregunté -, cuando usted entienda que llegó el momento en que se pueden hacer chistes nos avisará, ¿es así?
- Exactamente. Por supuesto, después de clase ustedes hacen los chistes que quieran...
- Gracias, maestra – dijo Juan.
- Usted es la mejor – agregué yo.
- Ah, otra cosa – continuó ella -. Juanito, ten cuidado con algunos chistes. A veces el humor, si se hace mal, en vez de risa puede causar rechazo.
- ¿Usted se refiere a los chistes groseros? – quiso saber Juanito.
- A los groseros, a los chabacanos, sí. Pero también a la burla que puede hacer daño, al humor que afecte las sensibilidades de algunas personas. Hay que tener mucho cuidado, ¿está bien?
La maestra tenía razón. Por ejemplo, aunque a mí me gustó el chiste sobre animales cocinados, puede ser cruel para algunos niños y niñas. Y así fue. Pocas risas provocó. Yo lo pasé de lo lindo. El pobre Juanito, después de aquello, tuvo que esforzarse mucho. Pero podía tener su revancha. Los cuatro nos apuntamos en la obra de teatro que se iba a montar. Y ese era un buen lugar para nuestra encarnizada lucha.